El contrato social
Un día por la mañana, el hombre del que hablaremos a lo largo de esta historia se despertó. Hizo lo que hacía todas las mañanas: se desperezó con algo de agua en la cara; leyó en su teléfono de manera ausente los mensajes que le dejaron sus amigos a lo largo de toda la mañana en que se quedó dormido; se vistió después de verificar que su olor corporal no fuera tan desagradable.
Se aseguró de ponerse desodorante antes, claro, porque la higiene es muy importante. Así como estaba salió y se dirigió hacia su trabajo.
Bueno, más que a su lugar de trabajo se tuvo que dirigir hacia la parada del bus, donde tenía que esperar dos horas a su llegada. Su turno vespertino era muy largo y llegaba a su casa a veces solo a cenar y dormir, sin poder bañarse.
Es de esas personas que es capaz de sacrificarlo todo excepto sus ocho horas de sueño por el empleo o la escuela; pero se le encuentra perfectamente en discotecas; en largas conversaciones de chat con supuestos ligues que al final solo son una conversación antes de dormir; o haciendo llamadas sin fin a altas horas de la noche.
Aún así le molesta sobremanera tener que esperar tanto por ese maldito bus todos los días, de lunes a sábado; siendo el domingo el único día en el que alcanza a descansar apropiadamente.
Llevó consigo su mochila barata la cual no solo tenía las cosas que necesitaba para el turno sino también marcadores, plumas, algunas hojas blancas las cuales se habían arrugado hacía tiempo por el frotarse constante de las cosas dentro, con ensayos de dibujos rápidos y en un estilo urbano en algunas. Desde chico siempre le había interesado el graffiti y pasaba horas enteras con la nariz dentro de esas revistas que mostraban diseños, copiándolas concienzudamente y con los años haciendo sus propias letras y lo que es más, sus propias marcas las cuales a veces se podían encontrar en aquel desierto de concreto azotado por el sol.
A pesar de ser invierno el sol lo castigaba y la sombra de la parada del bus no existía hacía años.
Todos los días era esta su rutina. Y también, todos los días, veía al otro lado de la calle de cuatro carriles un parque exquisitamente cuidado. Uno en el que no se atrevía a entrar en realidad puesto que pensaba que si lo hacía seguramente se le iría el tiempo sin darse cuenta, perdería el día y, con ello, su puesto codiciado sería robado por esos desempleados que todos los días andaban de acá para allá en interminables entrevistas, esperando mensajes y calcinándose bajo el sol de ese sitio árido; tal y como él lo había estado hace un par de años antes de conseguir este trabajo.
Temía perderse en aquel parque que lo veía con ojos seductores puesto que abundaba en árboles que claramente no habían nacido en esta región cálida y seca de su vasto país, sino que habían sido traídas de algún otro lugar más piadoso con sus habitantes. Rebosaban de un verde profundísimo y echaban raíces en un pasto exquisito, bien cortado. Las propias hojas parecían recortadas apropiadamente en aquellos altos árboles que daban mucha sombra.
Y esa era sólo la entrada al sitio, el cual no estaba rodeado de altas rejas sino de altos pilares a lo largo de los cuales había numerosas cantidades de cámaras de vigilancia las cuales nadie sabía precisamente a dónde iban a dejar sus chismes.
A decir verdad era un sitio enorme y aunque hubiera puesto pie en él antes, le recordaba más a una ciudad universitaria que a un parque, ya que por dentro las premisas tenían grandes edificios de uso público para distintos menesteres. Había baños bien cuidados; un kiosco en el cual se vendían alimentos y había vistas hacia un lago cristalino rodeado de árboles con agua siempre fresca; una gran biblioteca, la más grande de la ciudad y algunos decían que se disputaba el título de ser la mejor del continente, entre otras muchas cosas.
En algún momento había tenido una lección de historia al respecto del lugar, cuando estaba en el instituto. No puso atención en esa ocasión, y recordó con vergüenza que fue la época en la que una chica casi acepta sus avances poniéndose de rodillas frente a él en una esquina oculta del recinto educacional que llamaban “la esquinita”, solo para huir despavorida cuando su olor fétido le invadió las fosas nasales al abrirse el cierre del pantalón.
Ese era uno de los sitios de excepción. Una de las áreas del país en las que los derechos de los ciudadanos de la Gran Nación se suspendían en el caso de ser encontrados culpables de ciertas infracciones. En ocasiones, eran cosas algo serias, como el robo en una biblioteca; en otras cosas más bajas como dejar basura tirada en un monumento.
Pero ese sitio tenía la fama de ser uno de cero tolerancia a ninguna infracción. Y eso tenía que ver con el área que había al final del parque, que le decían el Recordatorio; pero las personas de la ciudad lo llamaban el Matadero.
Ahí se anunciaba que se haría el evento de Recordar. Algún pobre hombre, mujer, a veces una pareja y a veces más de tres personas a la vez eran llevadas y los oficiales de la ciudad se inventaban novedosos y escalofriantes métodos de tortura para los ojos de todos los espectadores en gradas que rodeaban aquel asoleado lugar.
Le decían el Matadero porque el único final que quedaba para el cuerpo de esas personas que delinquían era morir a causa de sus numerosas o masivas heridas.
Él nunca había ido a presenciar alguno de esos suplicios, pero videos y anécdotas no le faltaron. Su tío le contó que una vez fue a ver a un hombre que había dejado unas colillas de cigarro tiradas en el pasto, pensando que nadie lo iba a ver. Dijo que le cortaron las manos y que después lo hicieron caminar por una plancha de metal larga que se quedaba todo el día entero al sol mientras se desangraba.
A una pareja de homosexuales los encontraron teniendo relaciones sexuales, le contó un amigo, y dijo que vio cómo les empezaron a cortar sus genitales y que por los gritos él mismo tuvo que retirarse e ir a vomitar a uno de los pulidos y preciosos baños sin ni una sola marca que habían cerca.
Le contó que en aquella ocasión tuvo mucho miedo de vomitar ahí mismo, no fuera que lo tomaran como tirar basura y terminara sin la mandíbula inferior como le pasó a una chica que encontraron practicando una felación a su novio en aquel sitio. Ella terminó muerta, pero su novio pudo vivir sin sus genitales, y sin sus pies.
Su primo le invitó una vez a ir, porque había escuchado de un par de personas que se habían peleado en el kiosco y que a ambas las iban a ejecutar. Él no aceptó, pero su primo fue. Le contó que los hicieron pelear a ambos con distintas armas prometiendo la vida al que ganara después de ronads de intentar matar al otro con botellas rotas, palos de escoba y cuchillos, pero al ganador simplemente lo colgaron y le sacaron las tripas mientras aún pataleaba buscando aire.
Por esas dos razones él siempre había evitado ir a aquel sitio. No sabía cuáles eran las reglas y quizás, solo quizás, podría romper una sin darse cuenta y terminar como un recordatorio más.
Aquel parque se llamaba “Plaza San Cornay”. Una vez más el hombre no sabía el por qué de ese nombre; pero tampoco sabía el por qué de muchas cosas y era precisamente todo por la misma razón, no le interesaba.
Ese día sin embargo el suplicio de esperar como todos los días por el bus le pareció peor que el posible suplicio de poner un pie en aquel lugar. Así que se adentró en el parque, todo claro antes de poner una alarma en su teléfono para volver rápidamente a la parada.
Su experiencia fue increíble. Supo que uno se podía bañar en unas duchas gratuitas, en las cuales podía dejar sus cosas sin supervisión alguna por la reputación brutal del lugar; así que sin pensarlo dos veces como había hecho muchas veces antes con otras cosas en su vida, se decidió a aprovechar la situación para refrescarse y usar el champú, jabón y las toallas frescas que le había entregado la mujer de la recepción.
Le quedaba todavía una hora. Fue al kiosco y comprobó con gusto que por semana todos los ciudadanos tenían derecho a un bocadillo gratuito, así que se pidió un muffin con jugo de naranja y una manzana, dando su identificación. No pidió nada más, claro está.
Vio a compañeros del trabajo que aprovechaban igual que él, así que quedaron de acuerdo en verse a la salida. Quedaba aún media hora así que se paseó lentamente hacia la parada, sin prisas de irse. Entonces, le vino la necesidad de ir al baño.
Lo que antes era una tortura, puesto que sentía la obligación de esperar las dos horas por su bus y después subirse para viajar una hora más y llegar corriendo a los baños del trabajo, ahora se había vuelto tan solo una pausa rápida de 15 minutos.
Entró, vio que estaba todo muy limpio; con lavamanos de mármol y las puertas y divisores de los baños en perfecto estado. Incluso al entrar a uno de estos baños se maravilló pues comprobó que el inodoro estaba completamente limpio.
Así que, sin levantar la taza, se sacó la verga y empezó a orinar, asegurándose de mear toda la taza entera y de dejar orinado el suelo también. Después con una sonrisa ladina sacó un marcador de su mochila y dejó su marca de grafitero en la puerta. Fue al baño de al lado y cagó. Y en ninguna de las dos ocasiones bajó la cadena.
Salió sin lavarse las manos con una sonrisa de campeón.
Y al poner un pie afuera del parque, en la calle que lo separaba de su parada del bus, varios autos de policía se pararon en seco delante suyo y se lo llevaron.
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